domingo, 29 de agosto de 2010

La personificación del pesimismo a la sombra de un final feliz...

El otro día llegué a conocer,de un tal Geney Beltrán, un escrito un tanto fatídico, si no es que deprimente (ya que el título he olvidado). El autor habla acerca de la literatura en general, pero con un porvenir no muy deseado que digamos. Con la cuestión "¿Para qué escribir?" expone sobre sus argumentos que la obra escrita (como tal) termina siendo concebida en vano, puesto a que con el (cruel) paso del tiempo se irán deteriorando los clásicos de Shakespeare o Victor Hugo, ya que cuando se acabe el mundo, nada de esto quedará. Inevitablemente dejarán de existir, como todo en este mundo. Y es que, cosas como las anteriores, son parte de ese futuro pesimista que construye el susodicho respecto a la palabra escrita, como algo falsamente inmortalizado a lo largo de la historia. Pero me decido a reflexionar cada oración que me zumba en  mente...

        Bien dice el tal Beltrán que todas las obras, grandes o pequeñas, no sobrevivirán al borde del fin del mundo. ¿Por qué se ha de martirizar en un futuro que, posiblemente, no le toque vivir? ¿O es que acaso tal idea acerca del futuro es sobre lo único que le atormenta? Es como si se tratase de alguien que pone en duda la existencia de Dios, tan sólo porque algún científico materialista le persuadió con argumentos de que tal idea divina no puede ser posible.

        Y ahora, pregunto yo: si tanto le han de preocupar tales razonamientos ¿Qué no sería lo más sabio aprovechar lo que la vida nos ofrece e, incluso, vivir imaginando en un futuro un poco más deseable? No sé, si es que llega, cuándo será el día del juicio final; pero lo que sí sé es que moriré con la dicha de haber imaginado con las fantasías en prosa de García Márquez, o la destreza de los poemas de García Lorca. Y, a su vez, espero también lograr que mis cuentos, poemas, ensayos, y otras obras, lleguen a manos de todos aquellos lectores que se encuentren interesados, los cuales, tengo la esperanza de que habrán tantos como sean posibles.

        De esta manera, al final de mis días, podré despedir a mi alma realizada en vida, ¡Claro! Si no es que la muerte, siempre omnipresente, me sorprenda interrumpiendo en vida y obra. Pero después de todo esto, sabré que pude lograr mí cometido en este mundo de mortales: compartir historias, exaltar emociones; comunicar un mensaje, una idea. En otras palabras, me limito a declarar que, en cierto modo, me iré con la consciencia tan tranquila a sabiendas de que pude lograr un cambio en los demás, de menos, en este corto lapso de la historia en la que he de existir, en la que habré de vivir, y en la que deberé que morir, llevándose, con el paso del tiempo, los restos de lo que alguna vez fui.

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